Desde la perspectiva legal, una marca no es un simple elemento estético. Es un derecho de exclusiva. Significa que tú, y solo tú, puedes utilizar ese signo para determinados productos o servicios y que, llegado el caso, podrás impedir que otros se aprovechen de tu esfuerzo creando confusión en el mercado. Cuando se hace bien, la marca se convierte en un activo de la empresa. Cuando se hace mal o se descuida, puede transformarse en una fuente constante de problemas.
Cuando una marca está correctamente registrada, su titular puede usarla en exclusiva para las actividades protegidas, puede actuar frente a copias o imitaciones que generen confusión y puede incorporar ese derecho a su patrimonio: licenciarlo, cederlo, aportarlo a una sociedad o incluirlo en una franquicia. Es decir, deja de ser solo una idea comercial y pasa a ser un bien jurídicamente protegido.
El reverso existe y es frecuente: negocios que han funcionado durante años “de hecho” con una marca, pero sin respaldo registral, y que se ven obligados a modificar su nombre, su logotipo y buena parte de su identidad visual porque alguien, en su día, sí se preocupó de registrar un signo parecido.
Por qué registrar una marca desde el inicio
El procedimiento administrativo para registrar una marca, visto desde fuera, engaña: se puede hacer online, la terminología parece asequible y las tasas no son disparatadas. Bajo esa apariencia de sencillez se esconden decisiones que tienen consecuencias jurídicas de calado.
Elegir un signo distintivo que sea irregistrable por ser excesivamente descriptivo, genérico o engañoso; no detectar que hay marcas anteriores muy similares en España o en la Unión Europea; fijar mal el alcance de la protección al seleccionar productos y servicios; o no reflexionar si procede una marca nacional, una marca de la UE o una combinación de ambas… Todos estos errores no suelen verse el primer día. Se manifiestan cuando ya has invertido en rótulos, campañas, papelería, web, redes y posicionamiento. Y entonces rectificar no es solo complejo; es costoso.
En muchas ocasiones, el empresario acude a un abogado especializado cuando el problema ya ha explotado: una oposición presentada por un tercero, un requerimiento de cese de uso, un expediente de nulidad o caducidad. Es en ese momento cuando se comprende, con claridad, que el verdadero “ahorro” habría sido consultar antes de iniciar el camino.
Mejor abogado para registrar una marca en Madrid
Un abogado que trabaja habitualmente con marcas no se limita a tramitar formularios. Asume un rol de asesor estratégico.
En la fase previa, analiza la viabilidad de la marca: estudia si el signo elegido puede tropezar con prohibiciones legales, revisa antecedentes para detectar posibles conflictos y valora con el cliente si lo adecuado es proteger a nivel nacional, europeo o diseñar un esquema escalonado. No se trata solo de decir “sí” o “no”; se trata de explicar el riesgo, proponer alternativas y ayudar a tomar una decisión informada.
En paralelo, define el perímetro de protección. No basta con señalar una clase cualquiera porque “se parece” a la actividad. Es necesario entender el negocio, cómo se presta el servicio o se comercializa el producto, qué planes de crecimiento existen y, a partir de ahí, estructurar la clasificación de forma coherente. Una protección mal dimensionada es casi tan problemática como la ausencia de protección.
Y, cuando surgen conflictos, el abogado es quien articula la defensa de la marca o la oposición frente a solicitudes ajenas. Analiza la similitud de los signos, la afinidad de los productos o servicios, el público relevante, el riesgo de confusión, y construye una posición jurídica con argumentos técnicos, no solo con intuiciones comerciales. Esta labor exige conocer la práctica de las Oficinas, la doctrina y la jurisprudencia que se va consolidando en la materia.
Cuánto cuesta registrar una marca
Es lógico que el empresario se pregunte cuánto cuesta registrar una marca con asistencia jurídica. La respuesta honesta es que las tasas oficiales suponen una parte y los honorarios profesionales, otra. Pero la pregunta relevante no es solo “cuánto vale”, sino “qué estoy evitando con esta inversión”.
Cambio forzado de nombre tras años de reputación, indemnizaciones o acuerdos económicos para resolver conflictos, campañas publicitarias detenidas por problemas de derechos, imposibilidad de expandirse a ciertos territorios por no haber planificado bien la protección, pérdida de atractivo frente a posibles socios o compradores… Todo esto tiene un coste objetivo y medible.
Frente a ese escenario, contar con un abogado especializado desde el inicio es una forma de blindar, con criterio, una de las piezas más sensibles del negocio. En un contexto competitivo como el actual, dejar algo tan relevante como la marca al azar o a la intuición es, simplemente, asumir un riesgo innecesario.
